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Sobre la interpretación de Los fracasados por Lagar y Carmen Montejo. Quién es López Lagar. II

Armando de Maria y Campos

    Se plantea Lenormand en sus Confesiones el problema de su justificación moral como autor dramático. "Pertenezco -dice- a la raza de los testigos y de los acusadores". La sociedad en que le tocó vivir, corrompida, desilusionada, amenazada por la catástrofe, constituyó la materia atestiguada por el dramaturgo, señalado, por este motivo, con el estigma de la corrupción, de la desilusion y de sino catastrófico. ¿Hasta qué punto, sin embargo, fue Lenormand un testigo y un acusador y no un cómplice? Este es el problema que el gran autor, con la máxima sinceridad, se plantea a la hora de revisar su vida y su obra. La respuesta del Observador, que conoce la obra de Lenormand, que ha leído las Confesiones, es por fuerza, fulminante: cómplice; por no decir culpable. Nos damos cuenta, a través de las páginas de estas Confesiones de hasta qué punto está la vida personal de Lenormand en su obra. Estamos muchas veces ante un simple traslado, casi fotográfico, de escenas y situaciones. La raíz existencial de Los fracasados es patente.(1)
     El estreno de Los fracasados y de la magnífica interpretación que le dan los actores que dirige López Lagar, merece la mayor atención en el comentario y en la anécdota, como estímulo a actores y lección al público. La obra toda es pura biografía. "Yo conocí al petulante de las giras y temporadas municipales, al que he dado los rasgos de Larnaudy”, dice Lenormand en sus Confesiones. Y: "De los cuartos de los hoteles en que se desarrollan la mayoría de las escenas recuerdo todavía varios". Habla largamente de cómo nacieron Los fracasados, y cómo su gestación se envuelve, para él, "en las nieblas doradas que orlan los recuerdos de juventud, o de los primeros amores". Refiere el estreno de esta pieza en Ginebra, con otras dos: El tiempo es un sueño y El devorador de sueños, con Ludmila y Jorge Pitoeff y Marie Kalff, su mujer, con un espectador de calidad: Lenin.
    "La escuela de escándalo y necedad trazada en Suiza por mi drama -dice Lenormand-, le acompañó fielmente a Francia". Días antes del estreno, llegó al sindicato de artistas dramáticos una petición de prohibición, emanada de un grupo de actores que veían en la obra "una burla

del oficio de cómico". Lullin hizo el músico, Arval el Larnaudy, Carpentier el Montredón, Jorge y Ludimila Pitoeff se encargaron de Él y de la ingenua; Marie Kalff de Ella. Aquella tarde de fausto estreno -dice Lenormand- "determinó mi porvenir de dramaturgo. Lo cómico y lo trágico, cuya proximidad, ante el público francés, siempre es peligrosa, resaltaron al máximo". Ejercían entonces la crítica teatral Antoine, Brisson, Lugné-Poe, Robert de Flers, Edmond Sée, Alfred Savoir, Pierre Wolff, André Rivoire, Henri Bidiu, Georges Pioch, de Pawlowski, François Mauriac, Roland Dorgeles. Estos últimos dijeron: es "el principio de una nueva era teatral " (Dorgeles) y es "un drama de una fuerza terrible" (Mauriac).
     Lenormand dedica largos párrafos a recordar la actuación magnífica de Pitoeff en el personaje de "Él", al que le imprimía un aspecto fantasmal. Revela que era magnífica. Yo digo ahora que debe haber sido como la de López Lagar, que la habrá hecho muchas veces, y tiene muy bien resueltos muchos matices que le resultan en verdad insuperables. Hace una verdadera creación del personaje. Algunos cronistas miopes han confundido al personaje con el actor; creen que a quien ven en el escenario es a López Lagar y no al personaje, y le reprochan, como defectos de personalidad, lo que es característica del personaje. La verdad es que Lagar, "representa". Es preciso que de todo esto se dé cuenta el público.
     Podría referirme a varias de las escenas culminantes y de ello resultaría una minuciosa justicia a Lagar. Razones obvias, de espacio principalmente, lo impiden. También merece un apasionado detalle la gran interpretación, humanísima, dulce y profundamente dramática de Carmen Montejo, en la que la ternura, el amor, la desesperación, forman una mixtura de vida íntima, muy difícil de lograr. Su actuación está llena de finos matices. Las escenas del acto penúltimo bastan para consagrar a una actriz como intérprete dramática de la más profunda calidad. El reparto es largo, y cuantos en él intervienen están bien, muy bien. La señora Prudencia en un pequeño papel, que dice con soberana intención. Riquelme, ya actor que domina su oficio, logra un empresario sin peros.

Moreno está excelente, y muy bien Amparo Villegas y Magda Guzmán. Dénse por citados todos, incluso Soto Rangel en el presidente del tribunal y Armando Velasco en el "calavera", lo mejor que le he visto en treinta años de actor. La escena fue presentada con propiedad y la iluminación, está muy buen manejada; es como otro personaje, que acompaña, como el éxito, como el fracaso, a estos pobres y humanitarios cómicos arrancados de una realidad amarga por el gran autor que es -no importa que ya no viva- Henry Renato Lenormand.
    Ahora voy a hablar -y no podré terminar de hacerlo en esta crónica- de López Lagar, para que se sepa que sólo una larga práctica y una devoción por el arte, hacen un verdadero buen actor. Me guío en este empeño, por recuerdos y apuntes, que si alguna vez hablé con el actor, fue hace mas de 15 años.
    La protección de su hermana, excelente dama joven que fue de Margarita Xirgu, y hoy excelentísima dama de carácter, con Rivelles varios años, y últimamente con su propio hermano al iniciar la gira que salió de Buenos Aires, Carmen López Lagar, valió a su hermano Pedro, mucho más joven que ella, la primera salida al teatro. En Lara de Madrid fue galán joven de su primera esposa la actriz, también allá primera, Luisa Rodrigo, hija a su vez de Francisco Rodrigo y Luisa Cano, pareja meritísima de modestos primeros actores que del teatro vivieron cumplidamente, haciendo todo el repertorio, en escenarios de segunda categoría; pero con una probidad profesional, de que no suele haber ejemplo sino en los viejos.
     Pedro López Lagar se señala por primera vez verdaderamente, con el estreno, por lo días de marzo o abril de 1934, en que coincidiendo casualmente con la proclamación de la República se había trasladado al pequeño teatro de Muñoz Seca. Margarita Xirgu con su compañía de Español preparaba el estreno de la comedia de Benavente De muy buena familia.
     Pero es hora de cortar el relato. Continuaré mañana.

(1) Ver Novedades del 12 de febrero de 1953.